Llegaron las vacaciones, viajé a Bogotá; nos volvimos a encontrar. El primer momento no fue sublime. Un saludo de primos; un saludo lleno de ganas pero de prevenciones.
Había pasado un año desde la última vez en que pudimos estar cerca, frente a frente, fundidos en abrazos eternos, silenciosos. En besos anhelados pero a escondidas.
Durante el año anterior pasaron muchas cosas. De algunas sabíamos... de muchas otras no. Vivíamos aún en un mundo donde la inmediatez en la comunicación, como la de hoy, que rompe fácilmente los límites de la espera agónica, de los secretos, de las distancias, ni siquiera era soñada. Una carta se demoraba mínimo tres días en llegara a su destino; una llamada a larga distancia debía pedirse a una operadora y cada minuto era costoso.
El había terminado su relación, yo la mía. Había ingresado a la Universidad, tenía nuevos amigos, una nueva vida; pero todo pasaba a un segundo plano, porque ahora, en la misma ciudad podían pasar dos cosas: romper cualquier historia y continuarla con un mayor compromiso y libertad.
Como todas las vacaciones, la agenda diaria era agitada. La camaradería entre todos los primos era propicia para inventarse casi a diario algo que hacer. Estar juntos era fácil.
La primer semana no fue lo que ninguno de los dos esperábamos. En conversaciones fugaces yo dejaba claro que no debíamos hacernos mas daño y era mejor que aprendiéramos a estar cerca pero distantes; así, según mi teoría poco a poco se iba apagando el interés. De vez en cuando él lo aprobaba, en otros momentos le desesperaba mi frialdad hipócrita.
Una tarde llegó con un presente hecho con sus propias manos; con una notita que terminaba con la frase: "Me estoy muriendo por un beso... no me dejes morir". Se fue; me derretí.
Al día siguiente inventé algún pretexto para apartarnos del grupo cuando nos dirigíamos a algún lugar para integrarnos. Esta vez, en otro rincón del barrio, en las escaleras de otro de sus edificios, no aguanté mas... interrumpí su paso y le robé un beso. No fue difícil. Las ganas acumuladas de tantos meses, se desahogaron en ese momento que terminó en otro abrazo silencioso y con algunas lágrimas escapadas.
Seguramente el resto del grupo nos extrañaron pero suponían lo que pasaba. Una conversación larga y sincera salió de nuestros corazones. El me invitó a dejar de ser tan fría, prevenida y a arriesgarme a disfrutar de la historia; me invitó a cambiar. Los días siguientes lo intenté, lo logré. Desde ese momento aprendí a decir "te amo" sin miedo, a consentir sin recelo, a mimar por gusto.
Durante tres semanas mas de este amor de vacaciones, se hacía cada vez mas difícil que el resto de la familia supusiera que algo serio se podía estar consolidando. Los primos no hablaban de ello, pero lo tenían claro. Los adultos, evitaban hablar del tema. Frente a ellos, nos tornábamos distantes para evitar cualquier comentario.
La despedida, como siempre fue tenas! Lagrimas, esperanza, ganas de el tiempo pasara volando hasta la próxima vez.
Por una extraordinaria coincidencia llegue a tu blog y durante toda mi tarde, al otro lado del mundo(australia) he estado leyendo tu hermosa historia (esperando pronto las proximas cartas) y como lo dijiste en tu primera publicacion para estar aqui es requisito ser cursi y creer en el amor, y sí, aqui estoy! Gracias por tomarte el tiempo de compartir tu vida y lo que mas me alegra es que el final sera feliz, sabiendo que son marido y mujer. Todo pasa por algo. Llevo mi relacion a distancia, yo aqui y mi novio en colombia, y estos relatos dan esperanzas que asi sea luchando y con kilometros en medio, si se quiere se puede! Felicitaciones, bendiciones y muchisima felicidad
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